viernes, 25 de mayo de 2012

Las plumas del pavo real



Quien camina muy estirado no guarda el equilibrio,
quien da grandes zancadas no irá muy lejos
y pierde lustro quien a sí mismo se alaba.
Quien busca ser siempre aprobado no sobresale
y no progresará quien a sí mismo se ensalza.
Para los sabios felices todo esto son excesos superfluos,
plumas de colores que pronto pierden su brillo.
Cualquier persona sensata ignora a los pavos reales,
pues su corazón no está en sus plumas desplegadas.
Tao Te Ching al alcance de todos. Alfonso Colodrón.

Cuanto más se eleva el tallo de hierba, más expuesto queda al viento que lo dobla.
Los maestros zen, los practicantes de taichí o de cualquier arte marcial, saben caminar manteniendo su centro en hara, en medio del estomago, unos centímetros por debajo del ombligo. Rara vez se desequilibran o, como los antiguos tentetiesos (porfiados), rápidamente vuelven a su posición de equilibrio. Y en las carreras de pista, quien empieza a ritmo rápido no puede mantenerlo más de una vuelta. El esprín se deja para el final. Como los ciclistas. Lo mismo que se crean los grandes proyectos, piedra a piedra, línea a línea. Surco a surco se ara un campo.

Quien mantiene su equilibrio y va despacio no se alaba a sí mismo ni al principio ni al final. Solo se vanagloria quien quiere brillar un instante, como el político que canta sus méritos o los tertulianos televisivos que denigran al contrario con frases, más que ingeniosas, venenosas. Y arrancan aplausos que duran menos que el guiño de una estrella o el reflejo de la luna en las crestas de las olas.
Todos queremos reconocimiento, aprobación y cariño. Pero hay personas que, desde pequeñas, solo ponen su empeño en conseguir que papá o mamá los miren con orgullo y complacencia. Se convierten en clásicos niños y niñas buenos, y algunos continúan así toda su vida. Buscando la aprobación de la pareja, el jefe, los compañeros de trabajo, los vecinos... ¡Qué cansancio! Tal vez sobresalgan como perfeccionistas obsesivos, pero nunca alcanzarán la originalidad que exige lo nuevo, la verdadera creatividad que innova. Y quien se ensalza a sí mismo ocupa el espacio de quienes podrían elogiarlo. Si alguien pudiera admirar algo de su persona o de sus realizaciones. "No tiene abuela", afirma el dicho popular, o nunca la ha tenido y, por ello, sustituye la carencia de no haber escuchado en la infancia muchas veces "¡Que guapo es mi niño y qué listo!" y se lo va repitiendo a sí mismo y a quienes lo rodean hasta la muerte. Y no es simple vanidad. Es necesidad existencial de ser "alguien", porque ha confundido el contenido con el envoltorio. En el mapa de caracteres de eneagrama, correspondería a la pasión de la vanidad. El eneatipo número tres. La cultura que cuida más el envoltorio que del contenido del regalo, que valora más la imagen del político que su programa, que se deja engañar por la publicad del producto en lugar de considerar su utilidad o calidad. ¿La cultura urbana occidental de principios del siglo XXI?.

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